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El maestro Le Carré

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Réquiem por el maestro Le Carré

No resulta fácil condensar en unas líneas la tristeza por la pérdida de un escritor al que consideraba un gran referente, no solo literario, la dificultad del empeño se acrecienta notablemente. En la madrugada del 12 al 13 de diciembre, mientras el Reino Unido y la Unión Europea apuraban sus opciones de llegar a un acuerdo digno para concluir el desatino del Brexit, fallecía el maestro de la novela (no solo de espías) David Cornwell, conocido popularmente como John Le Carré.

Poseedor de un estilo complejo inconfundible, fue depurando el mismo hasta alcanzar una cumbre que solo los grandes autores consiguen hollar; su acusado sentido ético, su independencia política y su inigualable olfato para detectar y convertir asuntos de actualidad en novelas de éxito, prevalecerán como rasgos distintivos de un escritor que siempre mantuvo inmejorables relaciones con las fuentes del espionaje británico e internacional. Desde esa sólida posición, indagó y profundizó en asuntos como el blanqueo de capitales, el narcotráfico, el terrorismo, la inmigración, la delación, la hipocresía y la prepotencia o el opaco mundo de las finanzas internacionales.

Le Carré fue, sucesivamente, hijo desvalido, estudiante impostado, espía para el MI6, escritor de éxito y hombre culto y comprometido. Todas esas facetas dejaron un poso en su vida y su literatura. Firmó veinticuatro novelas y unas reveladoras memorias. Desde su triunfo en 1964, con El espía que surgió del frío, captó con brillantez la sicología del espionaje, la traición y el declive del poder británico. Dotado de una portentosa capacidad para retratar ambientes (especialmente los cercanos al poder), en los que accidentalmente había vivido, diseccionaba a los personajes con una nítida vocación real, trasladando a la ficción un entramado político y económico con evidente acierto lo que en ocasiones atrajo la atención del cine y la televisión. Algunas de sus criaturas, en ocasiones alter egos, son ya tan célebres como su creador: el agente Alec Leamas o el minucioso George Smiley, a través de su serie de novelas, sin olvidar a Magnus Pine o al inolvidable villano Richard Roper, encarnado con evidente acierto por Hugh Laurie en la serie The Night Manager. Sus personajes moralmente ambiguos, como la vida misma, se movían con soltura paradigmática denunciando la falsedad y las grietas de la globalización. Le Carré fue un narrador de la condición humana que aportó un punto de vista original y realista no exento de polémica. Dibujó con trazo firme héroes tristes, anónimos y cansados, algo obsesivos, diametralmente alejados del glamour propuesto por Ian Fleming; héroes, por tanto, creíbles y reales…

 

La característica más acusada de las obras de Le Carré es la capacidad para la abstracción y su evolución a la esencia del espionaje como forma de vida, su versatilidad para penetrar en el alma humana y es justo en ese punto donde algunos personajes alcanzan tintes shakesperianos, logrando así la inmortalidad y la gloria de las Letras. Afirmaba que el mundo secreto, del que se nutría, era una metáfora del mundo en general. Aunque en algunas de sus obras la moral estaba en venta y la traición esperaba a la vuelta de la esquina, siempre eligió la valentía y la cruda realidad para narrar el fin de una época y la caída de un imperio y, en suma, una forma de entender el poder.

En sus inicios se le comparó con Graham Greene, de hecho el propio Greene reconoció que El espía que surgió del frio era la mejor novela del género que jamás había leído, pero ciertamente Le Carré fue más lejos, actuando desprovisto del corsé religioso que atenazaba, en buena medida, a Greene, cuya visión de personajes y tramas siempre se veía tamizada (fuertemente condicionada) por su catolicismo militante.  Las dificultades  nunca amilanaron al autor, que ya desde joven, se decantó por el alemán (en tiempos de posguerra europea) como segunda lengua; por ello fue destinado a Bonn, donde comenzó una etapa como agente secreto en un puesto secundario (o al menos eso nos cuentan…). Allí permaneció hasta que la traición del famoso Kim Philby (que le inspiró al espía ruso Karla, la némesis de George Smiley, en su ciclo El Topo) le obligó a retornar al Reino Unido.

Con los años, el maestro, que residía en la costa de Cornualles, amplió su enfoque literario, convirtiendo sagazmente el espionaje en una excusa para tratar sobre las debilidades humanas, sobre la verdad y sus vericuetos, sobre las ambiciones del alma humana, sus recónditos anhelos y sus más oscuros secretos; por ello sus últimas obras rezumando vitalidad y ritmo, proporcionan tramas y retratos de los que ahora nos veremos huérfanos, si bien debe consolarnos que posiblemente el inalterable Smiley siempre pueda rescatarnos desde alguna de las páginas que protagoniza o cualquiera de las que jalonan una trayectoria impresionante a lo largo de cincuenta años de carrera. Nunca aceptó premios ni reconocimientos, fiel a sus principios y a su independencia; confío en que al menos sirvan estas letras como exiguo tributo de rendida admiración mientras limpio, minucioso cual haría Smiley, el cristal de mis gafas empañadas…

Gracias y

Hasta siempre, Maestro.

   

 

                                                                                   Daniel Coronas Valle

                                                                                   Doctor en Derecho


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